Ubicado en el quinto piso del Mercado Urbano Tobalaba, el restaurante combina cocina al fuego, wine dispenser y una amplia selección de vinos en un espacio abierto que integra ciudad, diseño y gastronomía.
En el quinto piso del Mercado Urbano Tobalaba (MUT), en Santiago, se ubica Diablo Vino & Fuego, un restaurante que pone el vino en el centro de su propuesta y cruza su cocina con el uso del fuego. El proyecto surge de la colaboración entre Viña Concha y Toro, Melting Cook y la socia Katherine Hidalgo, con el objetivo de acercar la cultura del vino a un público más amplio y cotidiano.
El espacio se abre desde la entrada. Es amplio, con ventanales que dejan entrar la luz y proyectan la vista hacia la ciudad y la cordillera. Durante el día, la iluminación natural se mezcla con una luz cálida que acentúa los tonos rojos del interior. La cocina está a la vista y marca el ritmo: se escucha el crepitar de las brasas y el aire se carga con un aroma ahumado que anticipa la llegada de los platos.
La carta reúne preparaciones pensadas para compartir y explorar distintos sabores. Los platos llegan con el sello del fuego: jugosos, intensos y con un punto ahumado que se mantiene en cada bocado. Entre las opciones, destacan preparaciones envueltas en tocino, donde la grasa aporta textura y concentra el sabor. A eso se suman cortes como entraña, lomo vetado y secreto, junto a platos como pulpo a las brasas con alioli de ajo negro y romesco, y pesca del día a la parrilla con ragú de guisantes. Los acompañamientos, como chimichurri o pebre asado, completan sin quitar protagonismo.
El vino aparece desde el inicio y se mantiene durante todo el recorrido. La carta reúne principalmente etiquetas de Viña Concha y Toro, junto con una selección de pequeños productores que representa cerca de un 20% de la oferta. Muchas opciones están disponibles por copa, lo que permite probar distintas cepas sin cerrar la elección en una sola botella.
El wine dispenser cambia la forma en que el vino circula en la mesa. Este sistema de origen italiano permite servirse de manera autónoma, con distintas medidas por copa disponibles. La dinámica se vuelve directa: cada persona elige qué probar, cuánto servir y en qué momento hacerlo. «Queríamos que el vino fuera la columna vertebral de la experiencia, pero desde el disfrute y no desde un discurso técnico», explica Katherine Hidalgo. La propuesta evita la formalidad del servicio tradicional y apuesta por una relación más libre.
El espacio incorpora elementos visuales que refuerzan su identidad. En los muros aparecen retratos femeninos con pequeños diablos ocultos en joyas y accesorios, obras realizadas mediante inteligencia artificial por una artista local. El diseño estuvo a cargo de la oficina Diagrama, con iluminación de Catalina Harasic.
La disposición abierta, los balcones y la relación con el exterior permiten integrarlo al movimiento del MUT, un lugar donde conviven comercio, gastronomía y espacios públicos en Santiago. El ambiente se percibe desde la entrada. El sonido de las brasas se mantiene constante, el olor ahumado queda en el aire y los platos llegan a la mesa aún calientes. Todo ocurre en paralelo, mientras el vino se prueba, se sirve y circula sin pausa. El espacio abierto y la vista hacia la ciudad amplían la experiencia.
El fuego se refleja en cada preparación. El vino acompaña ese ritmo en la mesa, con una dinámica más libre y directa. La experiencia se entiende en el uso, en cómo se habita el lugar durante la visita.
@diablo.restaurant
Por Javiera Lillo
Foto: Julio Fuentes