Colores que brotan del viaje y viven el presente
Hay artistas cuya obra parece haber nacido de un estallido, pero la española Marina Anaya insiste en lo contrario: «No fue una chispa, sino una luz continua». Su práctica —que se mueve entre la pintura, la cerámica, el grabado y la ilustración— no surge del impulso abrupto, sino de una fidelidad radical a la niña que fue: aquella que pasaba horas moldeando, dibujando, construyendo mundos diminutos con una gran devoción. Hoy, a sus 53 años, sus piezas viajan, habitan hogares, se expanden sobre muros y encuentran lectores atentos en distintas latitudes.
Desde sus orígenes en Palencia, a Marina le interesó esa continuidad: el hilo que une la intuición infantil con la maestría actual. No como nostalgia, sino como ética. «En mi vida hay una coherencia total y una fusión entre el camino profesional y el camino personal», asegura. Ese pulso íntimo también se percibe en su taller, ubicado en el barrio de Malasaña, Madrid. Allí, el tiempo adquiere otra textura: la arcilla se amasa con paciencia ritual y los pigmentos se extienden como si fueran pequeños restos de memoria.
Formada desde temprano en el hacer manual, cursó la Licenciatura en Bellas Artes en la Universidad de Castilla-La Mancha, en Cuenca, titulándose en 1996. Ese mismo año obtuvo una beca que la llevó a Brasil, experiencia en la que combinó labores docentes e investigadoras. De Florianópolis destaca «la fascinación por el ambiente cultural», propia de quien llega desde una ciudad pequeña y se encuentra con un mundo que vibra. Sin embargo, fue otro lugar el que terminó de conquistar su corazón.
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@marinaanaya
—Por Isidora Weibel. Fotografía gentileza de Marina Anaya.