Disonancia Sensorial
Hay algo hipnótico en las piezas de Elissa Lacoste. Algo que remite al fondo del mar, a un ecosistema primitivo de corales y arrecifes que, sin embargo, no es biológico ni vivo. Sus esculturas —densas, intuitivas, casi orgánicas— desafían los límites de lo que reconocemos como objeto. Trabaja con elementos como silicona, piedra, resinas y pigmentos que parecieran haber brotado directamente del subsuelo o de algún paisaje mineral inexplorado. Pero más allá de los componentes físicos, lo que seduce es su capacidad de dar forma a lo inestable, a lo que se transforma, a aquello que no se deja encasillar.
Radicada actualmente en Borgoña, Lacoste desarrolló su formación entre la École Supérieure d’Art et Design Saint-Étienne, la Academia de Arte de Letonia en Riga y la Design Academy Eindhoven en los Países Bajos, donde obtuvo su máster en 2018. Desde entonces, ha cultivado un enfoque completamente libre, donde la experimentación prima por sobre el método. No parte desde la técnica, sino desde la observación del comportamiento de las sustancias en estado crudo: cómo fluyen, se deforman, se endurecen o colapsan. Así nacen sus piezas, que transitan entre lo real y lo imaginario.
La organicidad en su obra no es fruto exclusivo de una elección estética, sino de una entrega consciente a los procesos físicos: «La sensación orgánica en mi obra suele surgir de la forma en que dejo que los materiales se comporten, en lugar de tratar de controlarlos. Me gusta trabajar de forma experimental y observar cómo las cosas se derriten, fluyen, se expanden, colapsan, se endurecen… Trato a los materiales casi como entidades vivas y, al hacerlo, descubro texturas, estructuras o tensiones superficiales que no podría haber dibujado ni anticipado», dice.
—Por Doris Cancino. Fotografía Gentileza Elissa Lacoste.